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Con tacones y con mi madre

5 de Janeiro de 2018, 9:14 , por javi muro - | Ninguém está seguindo este artigo ainda.

Fue enorme la excitación que siempre tuve con la ropa de mi madre. Me encantaban sus tacones altos y sus medias. Desde los doce años o así, iba a un vestidor que tenía mi madre en su cuarto (que olía a zapatos, a pies, vaya), y me encantaba oler sus tacones, ver las manchas oscuras del sudor dentro de ellos, y lamerlos. Y, por supuesto, ponérmelos cuando podía, con sus excitantes medias.

También, desde que recuerdo, siempre he tenido una gran atracción por la ropa interior femenina. Sentir el roce sobre mi polla del suave tejido de unas braguitas es para mí mucho más excitante que cualquier imagen que me pueda ofrecer las pelis porno. Por eso, desde que tengo uso de razón he aprovechado cualquier ocasión para probarme la ropa interior de las mujeres que me rodeaban: mi hermana, mi madre, mis tías, etc…

Al principio sólo se trataba de una especie de aventura, ir al cesto de la ropa o al tendedero y acariciar por un instante, probarme por unos segundos aquellas prendas que parecían de un mundo inaccesible. Pero con el paso de los años, el usar regularmente ropa interior femenina, incluso vestido de chico, se ha convertido en una parte más de mi vida, una faceta más de mi personalidad más íntima. En principio creé mi "fondo de armario" con las bragas, medias y sujetadores que mi hermana y madre decidían retirar cuando hacían limpieza en sus cajones, o bien que yo cogía del cesto de la ropa sucia, pues me encantaba sobre todo el olor a flujo trasero y delantero de las dos.

Cuando mi padre se fue de casa (era un alcohólico que prefirió sus borracheras a su familia) yo estuve más tranquilo, pero mis ratos de soledad en casa se habían multiplicado y, mis momentos oportunos para rebuscar en los cajones de mi madre aumentaban.

Así fue como un día antes de navidades, yo tendría unos quince años, me dispuse a iniciar mis juegos por casa. Abrí el baúl de libros bajo los cuales ocultaba dos cajas de zapatos con la colección de bragas y sujetadores que había ido acumulando durante los últimos años y me decidí por un sujetador encarnado de encaje, sin aros, que había sido de mi madre. Y me puse unos tacones de aguja de charol negro que tenía mi madre, tras olerlos y lamerlos por dentro, con unas medias maravillosas que tenía. Entonces busqué unas braguitas que le fueran bien conjuntadas pero después de probarme varios modelos no encontré ningunas que me convenciesen. Había usado tantas veces aquellas bragas que en la mayoría de los casos ni me excitaban.

No tuve otra opción que ir al armario de mi madre y comencé a rebuscar entre su ropa interior. Observé diversas bragas y tangas que volvía a doblar y guardar tal cual estaban en el cajón, para que no se diera cuenta. Tantos años haciéndolo habían desarrollado una memoria casi fotográfica y recolocaba a la perfección cada una de las prendas que sacaba para probarme. Finalmente me decidí por unas braguitas encarnadas a juego con el sujetador, con una línea de encaje siguiendo el perfil de la ingle, una flor bordada en su parte delantera y completamente lisas por detrás. También me puse una bata que mi madre usaba a menudo para levantarse de la cama, de raso oscuro con dibujos de estilo oriental, que olía a ella, a ese sudor matutino entre sueño y sexo que le caracterizaba, que me proporcionaba un tacto muy placentero en contraste con la presión que hacía el tirante del sujetador.

Entonces sentí que ya estaba preparado, me miré al espejo de cuerpo entero que había en la habitación de mi madre para asegurarme que lo llevaba todo bien puesto y me acaricié la polla que se erigía dentro de las bragas. Yo apenas tenía vello, y la transformación era ideal. Tras notar el suave roce de las braguitas con mi pene me crucé la bata y comencé a pasearme por toda la casa. Estaba, como siempre que me vestía con ropa interior femenina, terriblemente excitado pero quería aprovechar aquel momento para disfrutar yo solo, así que opté por hacer cualquier cosa antes de masturbarme.

Me fui a la cocina y me preparé un sándwich que me comí sentado sobre un taburete, cruzando las piernas con los maravillosos tacones puestos, y leyendo una revista como hacía mi madre. Después aproveché para mirar en la cesta de la ropa sucia, y encontré un tanga usado que aproveché para olisquear, de esos como con mancha de flujo, que siempre terminaba lamiendo. Aquello acabó de excitarme definitivamente y decidí dirigirme a mi habitación donde busqué en mi colección videos grabados en canal plus una buena película porno. Me fui al salón, puse el video y me tumbé en el sillón con la bata de raso desabrochada. Pasé con el mando a distancia rápidamente gran parte de la peli, hasta encontrar una escena protagonizada por una madurita que disfrutaba de un día en campo con un supuesto amante.

Allí estaba aquella mujer de pelo largo tintado de rubio y cara redonda, como mamá, lamiendo el rabo del musculoso alemán con aspecto de estar ansiosa por seguir tragando y engullendo todo ese pedazo de carne con forma de salchicha. A su alrededor, las imágenes de naturaleza transmitían una sensación de primitivismo y sexo salvaje que me excitaron enormemente. Apenas hablaban: "cómeme el rabo", "ponte a cuatro patas", "abre bien el culo"… eran las instrucciones que el fornido germano le daba a la vieja quien sumisa obedecía cada una de sus órdenes. Les escenas de sexo se sucedieron mientras me acariciaba la polla, magreaba mis testículos, pellizcaba mis pezones y me mordía el labio inferior excitándome al imitar cada uno de los gestos de la mujer. Los jadeos aumentaron de intensidad y de frecuencia, mientras cada vez más recostado en el sofá saqué mi pene por un lado de las bragas y mi mano comenzó a pajearme hasta que un rayo de leche salió disparado hacia el techo aterrizando sobre la pantalla de la televisión.

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Respiré hondo, tragué saliva e intenté recuperar mi ritmo cardíaco habitual. Creía que mi corazón iba a reventarme el pecho de lo acelerado que estaba, como siempre que me pajeaba, que era casi todos los días. Sin embargo, lo que ocurrió fue el efecto contrario… mi corazón, como el resto de mi cuerpo se detuvo en seco cuando al abrir los ojos descubrí a mi madre contemplándome desde la puerta del salón…

Corrí hasta el baño y me encerré apretando los puños y con los ojos llorosos mientras recordaba la cara de asombro de mamá. Quería morirme. Oí como mi madre se aproximaba por el pasillo en dirección al baño (irónicamente con el ruido de sus tacones de fondo) y a medida que los pasos se hacían más nítidos mi corazón latía más fuerte. Me acurruqué en un rincón en posición fetal intentando taparme con la bata de raso deseando que pasase de largo y que me dejase en paz. Pero no fue así.

- Tenemos que hablar – dijo mientras cerraba las puertas a sus espaldas – No tienes por qué avergonzarte… no pasa nada por ser gay…

- No soy gay – fue lo único que conseguí articular con la voz entrecortada mientras levantaba la cabeza con los ojos medio llorosos.

- No pasa nada… tu sexualidad te pertenece y puedes elegir la opción que te apetezca Tu tío Luis, ya sabes con quién se fue… Mamá intentaba poner voz de comprensiva mientras yo sentía como me calmaba – sabes que tengo muchos amigos y compañeros de trabajo homosexuales.

- No soy gay… - repetí esta vez más enérgicamente. Mamá permaneció mirándome unos segundos y después salió del baño dejándome solo.

Me quedé un rato sentado allí pensando y agradeciendo a mi madre en silencio que no se hubiese enfadado conmigo, aunque fuese porque había echado a perder sus braguitas. Después me dirigí de forma sigilosa hacia mi habitación donde me encerré y no salí para nada hasta el día siguiente.

Al llegar la mañana me decidí a salir a desayunar y ver qué era lo que ocurría con mamá. Si no hubiese sido sábado me habría esperado a que ella se fuese a la oficina donde trabajaba pero no tuve esa suerte y mamá me esperaba en la cocina con la mirada perdida hacia un rincón mientras acercaba la taza de café a su boca dando pequeños sorbos.

- Hola… -murmuré tímidamente sin obtener respuesta a cambio.

- ¿De verdad que no eres gay? –inquirió mamá tras unos segundos de silencio sin apartar la mirada del rincón… - Entonces ¿Por qué te vistes con ropa de mujer?

- Me excita vestirme con ropa interior de chica – respondí de forma escueta, sonrojado. Quería contárselo todo, abrirme a ella y quitarme ese peso de encima pero tenía miedo de que ella no me entendiera – me gusta su tacto…

- ¿Sólo eso? – Parecía algo incrédula – ¿No piensas en hombres cuando te masturbas vestido de mujer?

Me puse tremendamente rojo y permanecí en silencio. No me consideraba gay pero era cierto que en alguna ocasión había fantaseado con que me penetraba un chico de clase, Antonio, que la verdad tenía ganas de besarle y de comerle la polla, y a menudo me introducía los dedos en el ano pensando en él.

- Alguna vez… - confesé a mamá, que suspiró – Pero me encantan las mujeres… te lo juro… - intenté justificarme, aunque le estaba diciendo la verdad. Me gustan tus tacones altos, no lo puedo evitar, y tus medias, y tus bragas. Me atraen. Eso es todo.

-Esas bragas que llevabas, ¿no estaban en el cesto de la ropa sucia?

No lo recordaba, y me puse nervioso.

-Me gusta olerlas, se me pone dura. Me gusta oler tus tacones también, y ponérmelos con medias.

- ¿Y la película? Era una mujer mayor la que salía. ¿No te gustan jovencitas?… - ahora sí que me miraba fijamente – ¿te gustan ese tipo de mujeres o era por el hombre?

- Era por ella – admití, esperando que mi madre no volviese a preguntarme por ningún hombre –me gustan mayores- dije mientras repetía en la cabeza la imagen de la alemana de cuerpo redondo y pelo tintado que tantas similitudes guardaba con mamá.

- ¿Te has masturbado alguna vez pensando en mi?- disparó sin pensárselo dos veces.

- Si, a veces –respondí dispuesto a sincerarme con ella. Pero la conversación se cortó en seco. Se levantó ante mi sorpresa y salió por la puerta dejándome plantado al medio de la cocina mientras escuchaba la puerta de la calle cerrarse de golpe.

Regresé a mi habitación y me senté en mi cama completamente confuso y reproduciendo palabra por palabra la conversación que acabábamos de tener. ¿Se habría molestado cuando le dije que me masturbaba pensando en ella?, ¿no admitiría que en ocasiones hubiese pensado en hombres?... No me gustaba ver a mamá preocupada y estaba dispuesto a hacer lo que fuese para que ella estuviese feliz. Pasé torturándome hasta media mañana en que escuché de nuevo como se cerraba la puerta y salí de nuevo para hablar con mi madre y preguntarle qué podía hacer para solucionarlo.

- Hola… ven a la habitación – dijo ella dándome la espalda. Le seguí y cerró la puerta tras de mí- Elige color.

Mamá sacó de una bolsa que había traído de la calle dos conjuntos completos de sujetador, braguitas, medias y tacones altos, uno en negro y otro en blanco.

- ¿Para mí o para ti? – pregunte no muy seguro de que iba todo aquello.

- El que tú no quieras, me lo pongo yo…

Me decidí por el negro, aunque en realidad me gustaba más el blanco pero pensé que a ella le sentaría mucho mejor. Ante mi sorpresa, mi madre comenzó a desnudarse quitándose la camisa y dejando al descubierto el sujetador blanco que a duras penas retenía sus pechos. Esos pechos que un día hace unos años vi cuando salía de la ducha, y que me dieron un vuelco al corazón aquella vez primera…

- Desnúdate, venga,… quiero que lo estrenemos juntos – dijo mientras me desabrochaba el pantalón y dejaba al descubierto un bulto enorme en mis calzoncillos.- ¿Así que es cierto que excitas al ver un buen par de tetas? No sabes cómo me alegro, aunque no se cómo vas a meter todo eso dentro de las braguitas.

Nos reímos los dos y seguimos desnudándonos para ponernos el conjunto nuevo. No podía quitarle el ojo de encima y disfruté contemplando su chochito peludo cumpliendo uno de mis más anhelados sueños. Me estaba poniendo tan caliente que podía oler a distancia su coño, olía bien fuerte, como si deseara sexo, se me aceleró el pulso y por poco me mareo. Además, me tuvo que ayudar con los tacones porque me estaban un poco justos.

Acabamos de vestirnos y allí estábamos los dos, el uno frente al otro con nuestros conjuntos nuevos. Se acercó al mueble de la cómoda y sacó una barra de labios con la que se pintó frente al espejo.

- ¿Quieres que te pinte los labios?- me preguntó enseñándome el pintalabios (que yo había usado otras veces) mientras yo afirmaba con una sonrisa – Espera…. Voy a pintártelos de este rojo intenso… estarás más guapa...

Se acercó a mí y me pintó los labios de rojo. Me gustó sentirla tan cerca, respirando frente a mi boca, mi pene erecto dentro de las braguitas rozando contra su coño… Me indicó cómo debía de hacer con los labios para que quedasen bien pintados y me colocó frente al espejo. Entonces la visión de los dos, vestidos de mujer, me hizo perder casi el control. Me besó tiernamente y yo la agarré por las nalgas, apretando mi polla contra su coño. Entonces ella se apartó.

- No vamos a follar- dijo mirando la cara de tonto que había puesto ante su reacción- Yo soy tu madre y tu mi hijo. Y no hay más que hablar.

- Entonces… ¿Qué significa todo lo de antes? –conseguí articular sin quitarme la cara de sorpresa.

- Significa que no me importa que te vistas de mujer, que me encanta que fantasees conmigo, e incluso me da morbillo imaginarte penetrado por un macho mientras gimes… pero no vamos a follar –me dijo –. Puedes vestirte de mujer siempre que quieras, podemos ir de compras los dos o ponerte mis bragas sucias, puedes verme desnuda si quieres y masturbarte a gusto, pero no me tocarás ni un pelo.

Estaba desconcertado, pero no me bajó la erección. No entendía cómo me había calentado de esa forma tan descarada cuando desde el principio tenía pensado que no íbamos a acostarnos. Tenía unas ganas locas de cogerla y follármela. En aquellos momentos me sentí completamente ridículo, plantado delante de ella, vestido con braguitas, medias y tacones, con unas bragas humedecidas por los líquidos propios de la calentura que escondían mi bulto, y con un sujetador que no rellenaba ningún pecho. Me sentí avergonzado, casi tanto como me el día anterior cuando me pilló en el sofá.

- ¿Te apetece que nos masturbemos juntos? Sólo masturbarnos… - se apresuró a decirme al ver mi cara de desconcierto y de frustración.

Sabía que aquello sólo era el premio de consolación, así que estuve a punto de rechazarlo. Pero recordé que unos minutos antes hubiese dado cualquier cosa por ver a mi madre en bragas y masturbarme frente a ella ¿Cómo iba a rechazarlo ahora si además iba a poder contemplarla como se hacía un dedo? En el fondo me consideré afortunado y acepte afirmando con la cabeza.

Mamá me sentó en la cama junto a ella y bajó sus bragas hasta las rodillas, acercó sus dedos de su mano derecha hacía mi boca para que se los lamiera y los untara bien con saliva y comenzó a frotarlos entre los pliegues de su coño. Me quedé unos instantes mirándola y me levanté para ponerme frente a ella al tiempo que se recostaba un poco más en la cama y comenzaba a gemir. Estaba loco por pajearme, pero iba tan caliente que si empezaba no tardaría ni 10 segundos en correrme, así que decidí esperarme un poco para seguir contemplando aquella escena. Mi madre fue aumentando la intensidad de su paja y subiendo el ritmo de sus jadeos, con lo que no pude contenerme más. Bajé las bragas hasta las rodillas con la intención de imitarla aunque cayeron hasta el suelo, y tuve la sensación de hacerme la paja más fantástica de mi vida, sintiendo la textura de la ropa interior femenina, alzado sobre mis tacones de aguja y mis medias, y con mi madre como espectador de lujo de todo el placer y la devoción que sentía por ella.

Como había supuesto me corrí en seguida o, al menos, eso fue lo que me pareció. Un rayo de semen salió disparado en dirección a mi madre, y cayó sobre la colcha de la cama, pero no llegó a alcanzarla como hubiese sido mi deseo. Ella también se corrió en el momento en que vio cómo yo me corría y se tumbó completamente en la cama ofreciéndome una imagen de mujer satisfecha, con sus bragas por las rodillas, el fuerte olor de su coño en la habitación, y sus piernas abiertas mostrándome una raja reluciente, con los ojos cerrados y una pequeña sonrisa en la boca que demostraba que no se arrepentía de lo que había hecho.